Objetos y espacios de luz.
El arte de Magdalena Fernández

Magdalena Fernández es una de las artistas venezolanas que mantiene una sostenida actividad artística en el plano internacional. Diseñadora gráfica de formación, opta por el arte, medio en el que logra concretar sus pensamientos y experiencias sensoriales. Luego de su egreso en 1989 del Instituto Neumann, reconocida   institución formadora de importantes diseñadores gráficos del país, parte a Italia donde estudia en el taller de A.G. Fronzoni en Milano, proyectista Italiano y, desde 1991, expone individual y colectivamente casi sin interrupción: en Italia, Venezuela, Portugal, Estados Unidos, Israel, Francia, Brasil, Argentina, obteniendo en todos esos países una importante acogida de la crítica y del público. Sus obras tienen el atributo, no fácil de conseguir, de despertar la capacidad de asombro y de convertirse para el espectador en una experiencia inolvidable

En efecto, sus piezas suscitan diversas apreciaciones. Como en todo desarrollo artístico, su obra se transforma y pasa por “períodos”. En su caso podríamos considerar dos grandes vertientes: las obras objetuales , con una visión más arquitectónica o más escultórica, según su dimensión y formato; y las perceptivas , conformadas por proyecciones y videos, cuyo objetivo es inducir sensaciones a partir de una ambientación determinada. Magdalena domina tanto los formatos pequeños e íntimos como las instalaciones a gran escala. Pero sin lugar a dudas, todas tienen un eje común que las sustenta: el espacio como elemento de expresión y como medio propiciador de situaciones perceptivas y de experiencias estéticas en el espectador.

Consolidación de una nueva geometría

La tradición geométrica en Venezuela desarrollada especialmente en la década de los cincuenta de la centuria pasada, tiene un peso que aún, a inicios del siglo XXI, perdura. Además de la geometría como tal, otros aspectos, como el movimiento y la espacialidad, propios de las   exploraciones cinéticas, siguen siendo de interés con respuestas renovadas por parte de artistas de nuevas generaciones. Esta herencia moderna, cuestionada por unos, respetada por otros, tiene un peso importante en el desarrollo del arte contemporáneo venezolano.

Bajo esta premisa, la crítica local ha relacionado a la obra de Magdalena Fernández fundamentalmente con Gego y Soto, además del constructivismo europeo, el espacialismo italiano y el neo-concretismo brasileño. Si bien la artista no ha negado su afinidad emocional con las obras de Gego y ha afirmado coincidir con Soto en el interés común por la exploración del espacio como elemento constitutivo de sus obras, también ella ha cuidado de establecer pautas que son propias de sus búsquedas particulares. Una de ellas es el sentido natural u orgánico de su obra. Esta cualidad, si bien es entendida de distinta manera por sus antecesores Gego y Soto, también la separa drásticamente del funcionalismo del constructivismo ortodoxo europeo en pro de la construcción de una sociedad utópica; como la distancia asimismo, de la concepción fría de una geometría vista sólo como relación de formas geométricas exactas. Magdalena proviene del mundo de las matemáticas (carrera que inició de joven en la Universidad Católica Andrés Bello), y también proviene de la escuela italiana de diseño en manos del prestigioso diseñador A. G. Fronzoni, escuela en la que la pureza formal y material de los productos debe responder a un acabado impecable. Y sin embargo, a lo largo de los años, esta artista ha sostenido mediante los medios racionales que las matemáticas y el diseño le han provisto, su necesidad de incorporar o de expresar su imperiosa comunión con la naturaleza. Ello marca, de entrada, una distancia con la apreciación habida acerca de sus “espacios” como lugares ascépticos para convertirse, por el contrario, en espacios propicios para la investigación fenomenológica , que despiertan una intriga interior e inducen a una sorpresa perceptiva propia de la poesía (Thelma Carvallo, 2000 en ocasión de la instalación 4i000 expuesta en el Museo Alejandro Otero). En este sentido, las obras de Magdalena suscitan una vivencia interior similar a la de la experiencia poética.

Gracias a Fronzoni, su maestro, Magdalena adquiere dos nociones que sostienen su trabajo: la aplicación de un método que le permite desarrollar propuestas plásticas en cualquier disciplina visual y la conciencia y comprensión del espacio. En la primera de estas nociones, la artista aplica, según parámetros constructivos, una retícula o módulos que puede trabajar indistintamente en sus esculturas e instalaciones como en sus proyecciones ambientales y videos. Prueba fehaciente, lo vemos en su serie Estructuras, suerte de dibujos sin papel de formato pequeño, elaborados con materiales transparentes diversos (nylon, metacrilato, poliéster, entre otros) y acero inoxidable, en el que se evidencia el patrón compositivo en la repetición de los elementos (planos y líneas) de manera serial. Asimismo, en las esculturas adosadas al piso como las expuestas en la IV Bienal de Guayana (1993), en el Segundo Salón Pirelli (1995, Museo de Arte Contemporáneo, Caracas); 4em994   en la Galeria Avida Dolars en Milán (“Contemporanea-mente”, 1994); en 8i998, la obra premiada en el 56 Salón Arturo Michelena, así como en 1em000 (expuesta en el 58º Salón Arturo Michelena, 2000) y 6em000 (Galería Disegno Arte Contemporanea, Mantova, Italia, 2000). En todas estas esculturas impera una visión más arquitectónica, acoplada al espacio expositivo. Son obras aún objetuales, en las que las formas, hechas con materiales industriales (tubos de aluminio pulido, PVC o   barras de acero inoxidable) intervienen en el espacio. Tanto las Estructuras como las esculturas adosadas al piso, tienen dos características que prefiguran su obra posterior: la transparencia y la insinuación a lo inmaterial. Ello lo logra por una parte mediante el uso de estos materiales transparentes, sin color, como el poliéster y el acrílico, y por otra parte, por la creación de formas lineales hechas con aluminio o barras de acero inoxidable.

Además del método, herramienta fundamental para sus grandes ambientaciones, la comprensión del espacio es también clave en el trabajo de Magdalena. Sus primeras instalaciones ambientales, que engloban el espacio en su totalidad, fueron concebidas con elementos geométricos elementales: puntos y líneas elaborados, al igual que en las esculturas, con materiales industriales: esferas de goma negra o de hierro, esferas de vidrio o de PVC, fibras ópticas para ambientaciones en espacios oscuros, cilindros de acero inoxidable, etc. Fueron particularmente magistrales sus instalaciones realizadas en la muestra “Estructuras” (Sala Mendoza, 1993); las realizadas en el Primer y Segundo Salón Pirelli (1993 y 1995, respectivamente); la titulada 1i996 expuesta en 1996 en la Galería Centro Verifica 8+1, en Mestre, Italia, así como el manejo de los planos en instalaciones como las realizadas en 2001 en el Salón del Mueble de Milán (Ágape) y en el evento “Ciudades Sutiles” en Chiostri di San Michelettto en Lucca, Italia.

Todas estas experiencias de alguna manera mantienen un tratamiento formal ineludible: son elementos geométricos funcionando en un espacio determinado. No obstante, la propuesta de Magdalena Fernández busca trascender la sola composición y el equilibrio de estas formas: ella establece una conexión con el mundo natural mediante un lenguaje abstracto y, si se quiere, universal. Esto se da de varias maneras: a través de la utilización de elementos naturales como el agua y el aire, –e incluso, en ocasiones el fuego–, todos actuando como sustancia misma de la obra; o bien por relaciones directas con el mundo orgánico natural, como en el video de hormigas invadiendo un espacio, presentado en la muestra colectiva “Utópolis”, realizada en la Galería de Arte Nacional, en Caracas, en el año 2001. En este video, de alguna forma interviene la tierra como cuarto elemento, pues es el lugar donde hacen vida estos insectos. Asimismo, la tierra es el soporte o base de las esculturas ancladas en el piso anteriormente comentadas, y también es soporte de algunas “germinaciones” que la artista ha realizado al intervenir algunos jardines como en la hermosa experiencia con piedras del río en el Parque de la Amistad Israel-Iberoamérica, y las intervenciones en el extinto parque del Museo   Alejandro Otero, en ocasión de la V Bienal de Barro de América Roberto Guevara y en el evento “Alegorías al Jardín de las Delicias”.

Geometrías orgánicas y proyecciones naturales.

El proceso evolutivo del arte de Magdalena tiende a la eliminación de las estructuras. O, al menos, tiende a suprimir su condición objetual. Paralelo a estas obras objetuales, la artista fue explorando el espacio como materia protagónica de sus piezas. No se trata de formas en el espacio, sino del espacio construyéndose como forma . Existen importantes antecedentes: 2em996, pieza ganadora del Premio Único de la VIII edición Premio Eugenio Mendoza (1996), es uno de ellos, pues si bien se trata de una pieza objetual, realizada con tubos de PVC y conexiones en aluminio, encarna la obra etérea y levitante por excelencia. Verla, es ver el aire como elemento indispensable para la suspensión de la forma. La geometría se “volatiliza” y el efecto creado es el de la línea suspendida, en constante movilidad. Otros antecedentes son la concepción de obras espaciales desde la luz y otras en completa oscuridad. Comencemos por mencionar a estas últimas: 2i997 exhibida en el Museo de Arte Moderno Jesús Soto en 1997 y 4i000 en el Museo Alejandro Otero en el 2000. Ambas, como definió en su momento Luis Enrique Pérez Oramas, demarcan un arte del sitio . Esta demarcación fue posible gracias a la instalación de líneas y puntos de luz en 2i997 y 4i000 , respectivamente. Ambas fueron trabajadas con bombillos cuya luz se propagaba mediante un material   plástico laminado de la 3M. Tanto en una   obra como en la otra, el espectador entraba en espacios totalmente oscuros, sin demarcaciones espaciales reconocibles con la finalidad de vivenciar el vacío y la luz, como elementos plásticos generadores de belleza y de una experiencia estética muy particular. El espectador de esta manera se sustraía de su cotidianidad inmediata. Estas instalaciones persiguen, además de la exploración del espacio como ámbito de belleza y propiciador de una experiencia interior, manejar lo lúdico por medio de la interacción del público al mover los haces o puntos de luz. Así, con esta manipulación el espectador se torna a su vez en creador de dibujos espaciales hechos por medio del movimiento de estos elementos luminosos. Estas instalaciones fueron concebidas especialmente para el espacio donde fueron montadas. Al borrar cualquier referencia espacial, la artista ha inducido al espectador a experimentar la ausencia de un horizonte y a percibir, con estos acentos puntuales de luz, elementos desencadenantes de una vivencia estética excepcional.

Estas dos exposiciones, sumadas a “Aires”, importante exposición realizada anteriormente en 1998 en la Sala Mendoza, prefiguran las instalaciones exhibidas en la trascendental muestra titulada “Superficies” realizada en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas y en CIFO. Cisneros Fontanals Art Foundation, en Miami, en el 2006, así como su brillante participación en la I Bienal del Fin del Mundo en Ushuaia en Argentina. Sin desconocer los aportes de su producción objetual, “Aires” es, en mi concepto, la muestra desencadenante de las búsquedas esenciales de la obra posterior de Magdalena Fernández. Después de ella, la opción que esta artista ha tomado ha sido el profundizar, con conciencia y madurez, en las posibilidades ilimitadas que ofrece el espacio como soporte de la obra. En “Aires” integró tres de los elementos naturales primordiales para la instalación ubicada en la sala principal: aire, agua y fuego, todos ellos actuando como activadores del movimiento de la luz. El espacio, en “Aires” se asumía como vacío pero funcionaba como valor por la diversidad tonal de la luz reflejada. Estas ondulaciones de luz eran proyectadas sobre las paredes y el techo de la sala expositiva. Se las veía en perpetuo movimiento por el accionar del agua metido en tanques de PVC y vidrio que se encontraban colocados en el piso. El agua se movía por el accionar de unos compresores, procedimiento que sin duda anticipa las proyecciones que posteriormente la artista efectuará en “Superficies”. En esta exposición, realizada ocho años después, en 2006, la luz en movimiento se concibió como dibujos móviles cuyas formas geométricas eran proyectadas como luces en constante transformación.

Además del uso de los elementos primarios –aire, agua y fuego–, la sujeción con lo natural y con lo orgánico adopta procedimientos aún más explícitos en “Superficies”: algunas proyecciones mostradas en esta exposición se acompañaban rítmicamente de ruidos y sonidos de animales implicados en las transformaciones que sufren las formas: cada movimiento lineal atisbaba el sonido de un insecto como en la pieza 1dm004 Eleuttherodactylus Coqui. Este “acompasamiento” proviene de observar el movimiento de la naturaleza. En otra obra, 1pm006 Ara ararauna, la artista asume el humor –y extrañamente el color- como elementos de expresión.

Otra instalación lumínica, esta vez “en positivo”, es la que Magdalena Fernández presentó en la I Bienal del Fin del Mundo realizada en 2007 en Ushuaia, Argentina: 1i007 . Para esta ocasión, la artista creó con fibra óptica e iluminador un ámbito de luz susceptible a transformaciones permanentes dada la posibilidad de interacción del público con la obra. Hacer esta instalación, dejando el ambiente en blanco y no en completa oscuridad como en anteriores ocasiones, tiene relación con el lugar donde se realizó esta Bienal y con uno de sus objetivos fundamentales: propiciar un encuentro de artistas contemporáneos que visualizaran, entre varios asuntos, la emergencia ecológica vista desde la perspectiva del Polo Sur. Esta Bienal buscó explorar el imaginario del fin del mundo, imagen pertinente no sólo por la geografía del lugar sino también por la ubicación de la obra en el temario del evento, pues formó parte del núcleo llamado “Circularidad del tiempo y urgencias ecológicas”. El planteamiento espacio-formal de la instalación no sólo fue elocuente con respecto al tema, sino que abre sin duda nuevas posibilidades en la relación arte y naturaleza que son de extrema importancia en la obra y en las motivaciones de Magdalena Fernández.

Hoy día esta artista se enfrenta a un nuevo desafío: realizar una obra a escala urbana en una de las plazas más populosas de Caracas: la Plaza Alfredo Sadel, proyectada por el Arquitecto Jimmy Alcock, ubicada en la Urbanización Las Mercedes. La obra se encuentra actualmente en construcción . La componen nueve mástiles inclinados de 27 metros de longitud y dos más colocados en los extremos que alcanzarán entre 35 y 45 metros de longitud, respectivamente. En los más altos habrán dos esferas luminosas de 2,50 metros de diámetro, hechas con acrílico opalino e iluminadas internamente por medio de LEDs. Estas esferas se verán suspendidas a lo largo de la Avenida Principal de Las Mercedes y de las calles aledañas según la inclinación de los mástiles. No sólo se propiciará el rescate y el uso de un espacio público para el paseante peatonal y vehicular, sino que la artista llevará a escala monumental una ambientación de luz. Así, en plena ciudad, el espacio en toda su magnitud, inducirá una experiencia estética única en el espectador.

Gracias al sustrato metodológico y conceptual que sostiene la obra de Magdalena Fernández, es que le ha sido posible llevar a cabo estos grandes desafíos. De allí que ese racionalismo con la que algunos la cuestionan no sólo es indispensable sino también relativo. Lo es porque desde una perspectiva muy sensible, su trabajo se basa en una nueva geometría hecha con medios contemporáneos y en el fondo, como hemos señalado, es de naturaleza muy orgánica.

Su obra –en todas sus vertientes– se presenta como una experiencia fenomenológica, y se concibe como una construcción hecha para la contemplación . Se trata de un habla desde la abstracción para movilizar en nosotros nuestra relación íntima con la naturaleza y con nuestro entorno. En definitiva, es una obra que despierta nuestra necesidad imperiosa de suspender nuestras urgencias cotidianas y extasiarnos en una atmósfera de belleza y sorpresa inusitadas.


Susana Benko
Revista Art Nexus
Número 68 volumen 7, 03/2008