Magdalena Fernández - Vínculos - [G8]

Un ojo ve, el otro siente.
Paul Klee

Si Dios no se moviera tanto
en las ondas del agua,
en el sol o los cuerpos.
Eugenio Montejo


Todo comienza con la caída silente de una gota de agua, sonido apenas escuchado por las ondas que dibujan el sutil movimiento que interrumpe la impasibilidad aparente de la superficie. En círculos concéntricos se expande su resonancia, mientras minúsculas esferas se achispan en una danza que asciende para recibir, en respuesta, la irrupción contundente de la vida.

De esa gota, y más específicamente del sonograma que fue lectura abstracta del sonido que emitió esa gota en el justo instante en que hizo contacto con la superficie que la recibió, nace la primera instalación que realizó Magdalena Fernández (1i993) y que presentó en 1993 en la Sala Mendoza. La invitación en aquel momento fue a que el espectador se sumergiera no en el agua que recibió la gota, ni en la gota, sino en esa estructura sonora que Fernández decidió materializar y expandir para inundar con ella todo el espacio. Como si fuera la gota diseminada en esferas de distintas intensidades, sonoridades minúsculas que guardan celosamente en sí su sonido, como secreto intacto aunque vibrante, y que van in crescendo a medida que esa gota, suspendida en el espacio, en su ahora eterno caer silente, se funde y confunde con una nueva profundidad. La misma que sostiene la metafórica superficie sobre la que transitan los espectadores, como a quienes les ha sido concedido caminar sobre las aguas.

La obra de Magdalena Fernández lleva consigo desde el inicio esa inseminación vital, fuerza que impulsa la celebración de la incesante y dinámica multiplicidad de lo viviente. Multiplicidad que se manifiesta también en la diversidad de soportes y técnicas sobre los que se sustentan sus búsquedas y sus hallazgos.

En especial en sus instalaciones, una experiencia transmutada en síntesis que re-úne la abstracción racional y la pulsión vital invita a los espectadores a transitar por un espacio otro dentro del espacio, un lugar construido a partir de pares de puntos tensionados entre sí por aristas juguetonas que o bien convergen en uno de sus múltiples centros, o bien se extienden atravesando e interconectando nodos, mientras van dibujando caminos suspendidos, portales, imposibilidades también; siempre atentos, todos, puntos y líneas, al paso de los cuerpos que los recorren, para vibrar en consonancia. Vibración que sacude y vitaliza todo el entramado, como cuando las copas de los árboles son visitadas por el viento, o como cuando una superficie, antes lisa y detenida en su ensimismamiento, muta de golpe o paulatinamente hacia la iridiscencia, repiqueteando al compás de la lluvia.

Todas estas analogías nacen de vínculos que anidan en las profundidades insondables del cuerpo y su memoria; cada quien su árbol, cada quien su lluvia. Vínculos que se avivan con cada roce de las aristas de esos lugares tan inestablemente estables que Fernández materializa como quien encarna un latente campo de fuerzas. De esa forma, o al adentrarse en esa forma así trazada, cada recorrido posible va activando, adentro-afuera, esas esferas de memoria contenida, convirtiéndolas también, de una manera casi imperceptible, en esferas de esa trama, desde las que comienzan a trazarse, invisibles, nuevas aristas.

1i025 es uno de esos lugares, ahora materializado en la sala G[8] del Centro de Arte Los Galpones, en el marco de la celebración de sus 20 años. Se trata en este caso de una instalación que viene gestándose desde hace casi dos décadas y en la que aquella gota inicial se ha transformado en innumerables gotas cuya resonancia ha generado en su expansión esta nueva constelación.

Se concibe como proyecto pensado originalmente para el Museo de los Niños de Caracas, lugar emblemático de lo que fue en su tiempo una iniciativa institucional cultural pionera en su propósito: acercar el arte, la ciencia y la tecnología a los niños para que aprendan jugando. El lema de ese museo ha sido, desde que abrió sus puertas el 5 de agosto de 1982, “Prohibido no tocar”. Y a eso justamente nos invita la artista: a tocar, a jugar, a interactuar con los vectores imantados de este campo de fuerzas, que se nos ofrece abierto y a la espera de ser habitado, a la espera de poder dialogar con aquello que dentro de la hondura de cada memoria individual se despierte y cante, o ría, o llore, si quiere.

En esencia, esta instalación que en esta ocasión abre sus espacios al público, y especialmente a los niños, trae consigo y se configura desde ese vínculo afectivo con nuestra infancia, siempre abierta al aprendizaje, pero también con nuestra historia como colectivo social, cultural; con nuestra historia como comunidad civil que ha nacido y crecido en esta tierra, tan dispuesta a la fertilidad, tan a la espera de que pueda volver a resonar todo el potencial que guarda en su seno.

Daniela Díaz Larralde
En Manzanares el Real, 2 de septiembre de 2025
 
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