Magdalena y los elementos

Quiere el narrador prousteano, en la Recherche, que el arte sea un acto casi místico de transmutación de la materia, de conversión de la materia en espíritu. No es necesario ir tan lejos como él y pretender que el arte devuelve a la materia a su estado intangible e inaprehensible de esencia, de fenómeno extraído de la cárcel del tiempo, para explicarse la sensación inquietante y placentera, vertiginosa y a la vez serena, que producen las aventuras elementales de Magdalena Fernández. Bastaría con decir, tal vez, que, en sus manos y en su imaginación (es decir, en su arte, por su parte), la materia recupera su transparencia y la entereza absoluta de su primaria y primigenia condición elemental. Nada de esencia aquí. A menos que entendamos por ello esa patencia absoluta de la materia que se muestra como si no mediara nada, o casi nada, entre ella y nuestros sentidos. y lo que más sorprende, lo que haría sin duda la delicia estupefacta de ese narrador prousteano que se entusiasma con la famosa frase de la sonata de Vinteuil, es que esta experiencia elemental de la materia (del agua, del fuego, del aire, de la luz) está medida, donada, armada en medio, por la tecnología: un cableado secreto, un proyector de video, reflectores, corriente eléctrica. Ese mismo narrador diría, entonces, que el arte de Magdalena Fernández tiene la gozosa propiedad de transmutar la técnica en una materia más de su aventura elemental: la técnica es otro elemento, como el agua, como el fuego, como el aire, como la misma luz.

Así, las imágenes mecánicas (cinemáticas) que fluyen sobre una pantalla, los reflejos que irradia la luz sumergida en un espeso líquido alimentado por surtidores, la llamarada azul que se derrama de un sobrio vaso votivo incendiado por un simple fósforo lanzado en picada sobre el combustible, son capaces de producir una atmósfera en donde el cuerpo y la mente vuelven a percibirse a sí mismos también como materia, como materia elemental. Que esto sea, para el cuerpo y para el espíritu, una verdadera fiesta de la consciencia de la propia materialidad que somos, es sólo obra, arte y parte, digo, del poder taumatúrgico del trabajo de Magdalena: ¿No está de parte de cierta magia, de ciertas artes humildes de la prestidigitación, del juego de manos, de la sombra chinesca, del panorama, del caleidoscopio, la ausencia de esa sensación festiva? De este modo, ¿no nos vuelve a poner en contacto esa fiesta con lo elemental mismo del arte, con la mínima intervención del mundo que éste significa, como una tekné y una poíesís que son parte -participación- de lo mismo que trabajan y someten, materiales ellas mismas, ellas mismas también elementales?

Rafael Castillo Zapata
Catálogo exposición ‘Aires'
Sala Mendoza, Caracas, 1998