Magdalena Fernández
Aires (1998)


La obra de Magdalena Fernández es tal vez uno de los cuerpos de trabajo que más interés ha despertado en nuestro público, consolidando una identificación sensible y profunda con espectadores de todas las generaciones. El recorrido no ha sido fácil, pero la disciplina gestada en torno al discernimiento de ese escenario potencial que la guía, de esa materia volátil que parece escurrirse a cada paso y tras la cual despliega la mayoría de sus proyectos, le otorgan un lugar muy significativo en el arte nacional de las etapas más recientes, terreno que desde hace varios años ya posee sus repuntes y reconocimientos en la escena internacional.

En su desempeño varios enlaces se anclan y se desprenden para tramar una perspectiva contemporánea: modulaciones ontológicas y necesidades formales de una experiencia que se dirige hacia instalaciones dentro del hábitat museográfico o en las rutas de la ciudad. Las artes gráficas en la Boston University, la experiencia en Educación mención Física y Matemática en la Universidad Católica Andrés Bello, el diseño en el Instituto Neumann de la ciudad de Caracas y en el Fronzoni Studio de Mi lán, serán algunos de los peldaños de esa vía que, a principios de los noventa, comenzó a resonar en varios espacios expositivos de nuestro país. En 1996 obtuvo el reconocimiento único de la VIII edición del Premio Mendoza con 2em996, pieza conformada por tubos de PVC y conexiones en aluminio torneado que ampliaron el flexible desplazamiento de una línea interactiva que se transformaba al entrar en contacto con el espectador, propiciando enlaces más allá de lo visual. Al año siguiente presentó su cuarta individual en el Museo de Arte Moderno Jesús Soto (2i997) donde exploró cambios que la trasladaron hacia los territorios de una puesta en escena capaz de sostener la totalidad perceptiva del visitante. Respecto a esta muestra el escritor Roberto Echeto destacó en 1997 que era uno de los proyectos más ambiciosos de esta creadora, donde la pregunta sobre lo que podría pasar con el volumen y el espectador cuando la oscuridad circundara la obra, desencadenó el uso de un novedoso material de la compañía 3M (Scotch Optical Lighting Film), una película con prismas impresos que al meterse en un tubo de plástico transparente absorbía el brillo lumínico, dejando rastros de luz que luego se avivaban en la penumbra.

Al insertarme en esta pesquisa llamó mi atención un proyecto que la artista desarrolló justamente después de esta experiencia comentada por Echeto. El proceso se tituló Aires y fue realizado en la Sala Mendoza en el año 1998. La conexión inmediata estuvo anclada en la necesidad de indagar un poco más sobre esa taxonomía que se le ha querido otorgar como heredera directa de la tradición constructiva y geométrica, estigma mediante el cual cierto compendio literal del análisis visual la continúa evaluando. Cuando conversamos sobre mi interés se sorprendió, examinar estos lugares parece ser un ejercicio en extremo necesario luego de lapsos de tanto olvido, deterioro y premura. Pero las cosas perdidas se abren paso por extrañas circunstancias que las atraen. Para Magdalena Fernández Aires es una de las exposiciones más importantes de su carrera y la considera el punto crucial que le permitió abandonar por completo la estructura. De hecho, en la propuesta del Museo Jesús Soto ya se vislumbraba la inquietud por una opacidad que impidiera la percepción directa del esqueleto constructivo pero que, al mismo tiempo, pudiera proyectar la luminosidad desprendida del encadenamiento interno de esa armazón. Esta ausencia-presencia llegará a todo su esplendor un año después, cuando la retirada absoluta de la osamenta estructural inicia el paradójico desenlace de un movimiento que se expande en la totalidad del espacio: reproducción de un pensamiento que aunque recurre a referencias formales en realidad se desprende del legado, para levantar la inmaterialidad ontológica de una levedad que ha captado la mirada y que se cree posible transmitir.

La muestra estaba conformada por obras que remitían a estas consideraciones. La principal de ellas era 9i998, una gran instalación donde varios tanques de agua hechos con PVC y vidrio contenían dentro de sí un anillo de luz que los atravesaba. Cada tanque tenía su propio motor regulado a un ritmo particular; de esa exactitud se desprendería una cadencia acuosa que generaba emanaciones específicas, inundando el entorno con los reflejos de una atmósfera en transformación constante. La propia artista relata que mucha gente se impactó por el vuelco de los acontecimientos. Para Fernández no se trataba con exactitud de un giro, era, en esencia, el encuentro definitivo con ese sitio esperado donde lo formal se desnudó para volver a su centro, atajando los intersticios de una variación silenciosa que respira detrás de lo existente; filosofía del tiempo y del espacio que renunció al soporte para traspasar las poéticas efímeras de un tránsito.

Lorena González
Serie Obras de los Noventa
Papel Literario, El Nacional, 17 de marzo de 2013