Magdalena Fernández, entre formas intersticiales

Las obras de Magdalena Fernández son intersticiales, están elaboradas como el desplazamiento y la transformación constante de una figura, de un color o una forma, en la multiplicidad que ella contiene, que a la vez oculta y desoculta; se tejen en el tiempo, con la duración, para expresar eso que parece inapropiable: la densidad incontenible de las sensaciones gracias a las que algo puede hacerse para la mirada, en el cuerpo. Se proponen, en este sentido, como un sistema de remisiones, se presentan allá donde la visión no es sólo presencia sino que evidencia y evoca sus orígenes, su modo de darse.

Obras intersticiales, que se realizan "entre" lo que muestran y lo que cifran, una posibilidad de ser, remitida y volcada a algo que sin ser visible en ellas se instala, como resonancia, como elocuencia muda. Intersticiales en distintos niveles y sentidos, tanto con respecto a su inscripción en una tradición histórica como en virtud de su apariencia y de las narraciones que ellas nos insinúan.

El intersticio es siempre un límite que articula, a saber, que media -porque conecta y distancia, porque vincula y diferencia- entre dos cuerpos, o entre dos partes de un mismo cuerpo. En este sentido, estas obras -planos, cuadrados, imágenes- en movimiento, virtuales o luminosas, son un intersticio con respecto de esa tradición histórica de las artes plásticas que ha hecho suya la geometría convirtiéndola en espacio de encuentro y significación visual, un intersticio porque, por una parte, recupera para la síntesis geométrica su cualidad viviente, haciendo entonces de la estructura no sólo un "soporte universal racionalizado" desde el que podemos analizar las presencias, sino también, en mayor medida, la fuerza de desarrollo, el ímpetu rítmico desde el que los cuerpos crecen, se desplazan, se transforman. Son intersticiales también porque la dimensión analítica propia del hacer constructivo se ve, continuamente, acompañada -y enfrentada- a la sensualidad incontenible que la pone allí como lugar -nunca mero espacio- para la experiencia.

Como intersticios, estas imágenes, estos cuadrados suspendidos, estos planos de color que danzan con el habla de los pájaros, infiltran su propio ordenamiento, desplazándolo, llevándolo más allá de sus extremos, excediéndolos y entregándonos, en la presencia misma que son, no sólo una distribución de líneas o puntos, sino una experiencia sensual, afectiva, que paradójicamente se hace visible desde su ocultamiento. Son intersticios, en efecto, porque la línea que miramos esta allá también siendo la quietud del mar o el trazo que deja en nuestra memoria lo que vemos cuando ver algo es imposible, porque los planos mutan haciendo visibles los sonidos y los puntos bailan construyendo imágenes incontenibles, inapropiables, densas como los cuerpos con los que convivimos.

La geometría, entonces, se articula con su propia diferencia, con lo que ella no es, abandona los modos de la idealidad para entregarse y entenderse como el trazo, la incisión, de aquello que nos afecta en y con el mundo. Una geometría, entonces, en la que la universalidad de su condición constructiva adviene no como inamovilidad sino en la permanencia de una fuerza de crecimiento y desarrollo sin detención; en la que los ordenamientos se muestran tanto en su instancia de sustrato, como en las tensiones que lo dirigen siempre a hacerse nuevamente, a ser otro distinto; en la que su racionalidad dimensional se despliega como ruptura y recomposición continua de sus propias medidas, desarmando su fijeza, instruyéndola como deviniente.

El intersticio es, igualmente, un intervalo: "el espacio o distancia que hay entre un tiempo y otro, entre un lugar y otro, entre dos o más fenómenos". Un intervalo implica un silencio, el silencio y la interrupción que permite, que hace posible, el advenimiento de la reflexión, del devolverse, del mirar otra vez; un silencio en el que nada calla sino, por el contrario, en el que los momentos -las estaciones y los hechos- se ponen ante nosotros en toda su densidad. En este sentido, estas obras son también intersticiales, porque implican un intervalo en la distancia que requiere la visión, un silencio en las convenciones ideales desde las que interpretamos los acontecimientos plásticos, una interrupción en nuestra comprensión de los espacios y de sus marcas.

La visualidad no permite la cercanía excesiva, no permite el contacto, tampoco permite el estar al lado, ella es el sentido de la distancia y la frontalidad, opera distanciando y colocándonos al frente de algo otro. La visualidad, por ello mismo, informa y constituye desde sí y como "objeto" -es decir, integrándolo en las fronteras de su propio campo - todo aquello que se le presenta, haciéndolo imagen. Los cuadrados móviles, suspendidos en el espacio o elaborados videográficamente, las líneas que se quiebran multiplicándose imprevisiblemente, los colores que trazan un "chillido", no son propiamente "imágenes" en tanto que en ellas los perímetros, las formas, se abren y lo que se inscribe no es una "información" -una forma dada- sino la formación continua de algo que está siempre siendo, de algo que es su propio poder ser otro. La visión tiene que establecerse, entonces, como mirada -como comprensión- porque estas obras nos obligan a distanciarnos de la distancia y la frontalidad que el ojo requiere; el cuadrado suspendido interpela nuestro tacto y nuestro cuerpo, nos pide ponerlo en funcionamiento, impide la lejanía.

Igualmente, esas figuras que se arman y desarman continuamente ante nuestros ojos, se devuelven sobre si, se reflexionan. La visión adviene mirada, abordando problemas y preguntas que no sólo tienen que ver con lo que esas imágenes presentan -el juego de una forma que se transforma desde sí- sino también con los ejercicios de instauración del espacio, de producción de la experiencia del mundo.

Justamente porque no hay frontalidad, porque lo que vemos se disemina ocupando el espacio e interpelando el cuerpo, estas obras son "inapropiables", en el sentido de que no podemos ni siquiera describirlas, menos aún convertirlas en un significado, ellas se dan -aun en su virtualidad- como el cuerpo- la materia, la naturaleza- misma del que son trazo y resto. Acontecimientos plásticos que no pueden pensar ni observarse en los límites de la imagen idealizada, sino que subvirtiendo las convenciones ocurren, suceden, para narrar -expresar- en su suceder el misterio que nos acoge y nos destina como naturaleza. Su movilidad incesante nos indica la transformación interminable que constituye nuestro cuerpo, nuestra historia y nuestra relación con el mundo, su densidad inapropiable nos habla de lo que nos ocupa, de la memoria, de lo que crece porque desfallece en el ritmo incesante de las vivencias.

En efecto, estas obras, intervalos de tiempo y espacio, conjunción y articulación de lugar y memoria, de situación y devenir, marcan el espacio como lugar, como ejercicio de conexiones y relaciones, como significación e historia. Un devenir del espacio: en cada una de ellas, gracias a distintas acciones plásticas, el espacio físico en el que suceden deviene lugar, adquiere cualidades y determinaciones, se convierte entonces en algo otro, en lo más propio, proyección y proyecto de nuestra propia comprensión, de nuestro cuerpo. El intersticio permite el tejido, hace las tramas porque incorpora en la espesura de lo que es su vacío, porque puede señalar y marcar encuentros, conexiones y desplazamientos, porque hace posible lo traslúcido, el mirar a través, por el envés. El intersticio aloja en el "entre" que es una apertura por la que se cuelan las imágenes como cuerpos, las líneas como superficies, los planos como danzas, exponiendo en esa condición paradójica, el tejido con el que, para toda experiencia, el espacio es un hecho, un "habitarlo", y la observación es un entendimiento táctil. En efecto, estas obras -excesos de la imagen- son intersticiales en la medida en que se inscriben en el tejido del mundo, como una trama deviniente desde la que la naturaleza -aquello a lo que remiten- se nos dispone en la sensualidad de sus recurrencias y sus ordenamientos. Un mirar a través en el que el sonido se presenta ante la mirada y el dibujo se disuelve en su propia temporalidad, un ver el envés en el que el color es ritmo o cadencia y en el que las figuras huyen a lo largo de su propio despliegue.

Señalando, anunciando, el intersticio es, finalmente, aquello que debe mediar entre dos instancias sagradas, un tiempo para contemplar participando, un espacio pata participar más allá de él, desde su propia trascendencia, en su desfiguración. Magdalena Fernández nos obliga, desplazándonos en el transcurrir inmanente de sus cuerpos visuales, a comprender lo que se oculta como presencia invisible entre nosotros y el lugar que siempre somos.

Sandra Pinardi

Catálogo de la exposición 'Surfaces'
2006
versión en inglés

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